Santa Ángela de la Cruz o cómo hacerse pobre entre los pobres

por | Mar 2, 2022

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Hablar de Sta. Ángela de la Cruz es hablar de un modelo de entrega a Dios y a los más necesitados desde la pobreza. Es hablar de un ser de inmenso corazón e infinita bondad y amor al que en Sevilla (y en otros muchos lugares) tanto se venera. Una madre cuyo legado espiritual, a pesar de los años, aún sigue vivo. Pero, ¿quién fue esta gran mujer?, ¿por qué tanta devoción?

María de los Ángeles Guerrero González, nació el 30 de enero de 1846 en el seno de una modesta familia de valores cristianos. Durante su infancia y su juventud fue desarrollando una gran espiritualidad y religiosidad, guiada por su director espiritual, el padre D. José Torres Padilla.

A los 19 años ingresó como postulanta y, posteriormente, como novicia en diversas congregaciones de la geografía nacional. La experiencia no resultó  del todo fructífera pues al poco tiempo hubo de dejar la vida religiosa por problemas de salud.

Este abandono, no obstante, sería momentáneo. Tales eran sus deseos de crear una congregación que tras escribir su diario espiritual bajo el nombre de “Papeles de conciencia”, comenzó a redactar las primeras reglas de la que sería futura Congregación de la Compañía de la Cruz. Desde su constitución en Sevilla el 2 de agosto de 1875, la Compañía ha ido creciendo y posee en la actualidad más de sesenta conventos establecidos no solo en la provincia sino en otros puntos de la geografía nacional y en países como Italia y Argentina.

Santa Ángela de la Cruz

Sta. Ángela sintió un gran amor por la cruz redentora, de ahí el porqué de llamar así a su congregación. Este amor por la cruz era compartido por otros santos como Pablo de Tarso, S. Juan de la Cruz o S. Francisco de Asís, cuyo ejemplo de humildad fue todo un referente para ella. Ejemplos de santos que, junto a muchos otros, despertaron en ella gran admiración.

La congregación tuvo inicialmente varias sedes en Sevilla hasta llegar a establecerse definitivamente en el año 1887 en su ubicación actual. Durante este tiempo, fueron muchas las mujeres, algunas de la alta sociedad sevillana, las que dejaron sus vidas para seguir el camino de cruz emprendido por ella.

El 2 de marzo de 1932, a la edad de 86 años, Madre Angelita (como así era conocida popularmente) falleció en su convento sevillano postrada en una humilde tarima de madera de su celda que servía de cama a todas y cada una de las hermanas de la congregación. Al dolor del pueblo sevillano por tan notable pérdida y por la honda huella dejada se sumó la concesión dos días después de la rotulación con su nombre de la calle donde se ubica su convento en Sevilla. Este hecho no tendría trascendencia alguna de no ser porque dicha concesión fue aprobada por el entonces gobierno republicano municipal, el cual supo reconocer por unanimidad la gran labor realizada por ella en la ciudad.

El 5 de noviembre de 1982 fue beatificada en Sevilla por Su Santidad el Papa Juan Pablo II tras ser aprobado por el Vaticano el milagro de la curación de una mujer que sufrió una grave neumonía con complicaciones y a la que los médicos no daban esperanza alguna de recuperación. Posteriormente, en el año 2003 tuvo lugar en Madrid su canonización tras ser aprobado el milagro de la curación de un niño que sufría un problema en el ojo derecho y que de manera repentina recuperó la visión. En ambos casos, la Consulta Médica de la Congregación para la Causa de los Santos reconoció que la curación era científicamente inexplicable.

Desde sus comienzos, las obras de misericordia constituyeron el núcleo fundamental sobre el que giró la labor de esta Compañía. Tal y como ella describió, el objetivo marcado fue el de

“unir la vida retirada y penitente con el servicio a los prójimos, imitar en todo a Nuestro Señor, en su vida oculta y penitente, en su pobreza y desnudez de todo lo terreno; y en su vida pública haciendo bien a todos y en particular a los enfermos”.

Hay un lema de Sta. Ángela que resume en esencia su pensamiento:

“No ser, no querer ser; pisotear el yo, enterrarlo si posible fuera”.

Pese a lo que pueda parecernos a simple vista, pese a que pueda incitar a anular la personalidad del ser humano, el verdadero significado del mismo no es otro que el de despojarnos de nuestro orgullo. De este modo podremos abrirnos a Dios y entregarnos a los demás con un corazón humilde y sencillo porque cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús.

Santa Ángela de la Cruz

Por otro lado, si los cristianos entendemos y aceptamos que la cruz es vida y luz para todos porque Cristo nos redimió del pecado en ella, para las Hermanas de la Cruz en particular es la principal razón de ser y de vivir como redentoras. Por ello, la llamada vocacional a la santidad de las Hermanas de la Cruz la constituye la imitación de Cristo crucificado, el amor a Dios y el servicio a los más necesitados.

Así es como las hermanas, con su inconfundible hábito de estameña parda, ejemplo de sencillez, humildad y pobreza, atienden a los enfermos acudiendo a hospitales y casas particulares donde son requeridas o llenan de alimentos las alforjas de quienes poco o nada tienen. ¡Qué profunda alegría!, ¡qué gran admiración!, ¡cuánto respeto!…¡y qué enorme paz se siente al verlas…!

Mientras tanto, hasta su convento sevillano siguen acercándose a diario a venerar su cuerpo incorrupto cientos de personas buscando consuelo o una ayuda desesperada en forma de milagro. Hay quienes, por el contrario, acuden a expresarle su gratitud por una gracia concedida. Lo cierto y verdad es que en esta ciudad tan dual, tan llena de contrastes, visitar a Madre Angelita se ha convertido en un acto más en la vida cotidiana no solo de sus habitantes sino también de quienes la visitan porque fue tan grande su labor y su ejemplo que a nadie deja indiferente.

Mantengamos, pues, siempre vivo y ardiente en nuestros corazones su amor a la cruz redentora. No en vano, recordando sus sabias palabras,

“No hay nadie que viva sin cruz y el que huya de una, encontrará otra mayor”.

Seamos cirineos de nuestro tiempo y, a imagen y semejanza de nuestra querida madre y de sus hijas, ayudemos cada día y desde el amor a Dios a hacer más liviana la carga de nuestros hermanos, en especial, la de aquéllos que sufren. Y no olvidemos nunca que la caridad cristiana consiste en mirar al otro con los mismos ojos que Jesús y hallar en el rostro de los pobres la viva imagen de nuestro humilde y divino salvador.

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