María, madre de la Iglesia

por | May 29, 2023

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María estaba con los Apóstoles, cuando vino el Espíritu Santo, protagonista con la primera Comunidad de la experiencia maravillosa de Pentecostés, y rogamos que obtenga para la Iglesia el ardiente espíritu misionero” (Francisco, 24-9- 2019).

El Papa Francisco estableció en el Decreto “Ecclesia Mater” que la memoria de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, fuera inscrita en el calendario romano el lunes después de Pentecostés, considerando que este título de María puede incrementar el sentido materno de la Iglesia en los pastores, en los religiosos y en los fieles. Esta celebración nos recuerda que el crecimiento de la vida cristiana ha de fundarse en el misterio de la cruz, en la ofrenda de Cristo en el banquete eucarístico y confiando en la intercesión de la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos.

María desde la Anunciación (Lc 1,38) está llamada a dar su consentimiento a la venida del reino mesiánico, que se cumplirá con la formación de la Iglesia. Ella en Caná (Jn 2, 1-11) al solicitar a su Hijo el ejercicio del poder mesiánico, da una contribución fundamental al arraigo de la fe de los discípulos y coopera a la instauración del reino de Dios, que tiene su “germen” e “inicio” en la Iglesia.

La fe de María hasta el momento del Calvario (Jn 19, 25-27) se une al sacrificio de su Hijo, ofreciendo su contribución materna a la obra de la salvación, que asume la forma de un parto doloroso, el parto de la nueva humanidad. Jesús declara la maternidad espiritual sobre todos los creyentes cuando dice: “Ahí tienes a tu hijo” y nos comunica a nosotros: “Ahí tienes a tu madre”, proclamando su maternidad no sólo con respecto al apóstol Juan, sino también con respecto a todo discípulo. Estas palabras significan que la maternidad de María encuentra una nueva continuación en la Iglesia y determinan el lugar de la Virgen en la vida de los discípulos de Cristo. María, que cuidaba de Juan como de un hijo, volvió a llevar en Jerusalén la vida escondida de Nazaret, metida en los quehaceres de casa como cualquier otra mujer, pero conocida ahora como la Madre del Señor Jesús, querida y venerada por todos.

 

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Con las palabras, pronunciadas por Jesús en la Cruz, relativas a María y a Juan “he aquí a tu madre” donde empezó a formarse una relación especial entre esta Madre y la Iglesia. Dice San Juan Pablo II “La Iglesia naciente era fruto de la Cruz y de la resurrección de su Hijo. María, que desde el principio se había entregado sin reservas a la persona y obra de su Hijo, no podía dejar de volcar sobre la Iglesia esta entrega suya materna (RM 40ª). 

Pablo VI otorga a María el título de Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, así de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa, y quiso que en adelante fuera honrada e invocada por todo el pueblo cristiano.

Los fieles han invocado a María ante todo con los títulos de “Madre de Dios”, “Madre de los fieles” o “Madre nuestra”, para subrayar su relación personal con cada uno de sus hijos. Posteriormente, gracias a la mayor atención dedicada al Misterio de la Iglesia y a las relaciones de María con ella, se ha comenzado a invocar más frecuentemente a la Virgen como “Madre de la Iglesia”.

Con este sentimiento de ver a María como solícita guía de la Iglesia naciente, que inició en el cenáculo su propia misión materna, orando con los Apóstoles esperando la venida del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14), la piedad cristiana ha honrado a María, a lo largo de los siglos, con los títulos, en cierto modo semejantes, de Madre de los discípulos, de los fieles, de los creyentes, de todos los que renacen en Cristo y también “Madre de la Iglesia”.

 

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Y dijo Benedicto XVI: “Ahí, donde Jesús promete a sus amigos que el Espíritu Santo los asistirá ayudándolos a recordar cada una de sus palabras y comprenderla profundamente, ¿cómo no pensar en María, que en su corazón, templo del Espíritu, meditaba e interpretaba fielmente todo aquello que su Hijo decía y hacía?”: la figura de María es “Madre y modelo de la Iglesia”. “María es madre, pero madre virgen; María es virgen, pero virgen madre. Si se descuida uno u otro aspecto, no se comprende plenamente el misterio de María, tal como nos lo presentan los Evangelios. María, Madre de Cristo, es también Madre de la Iglesia, como mi venerado predecesor el siervo de Dios Pablo VI proclamó el 21 de noviembre de 1964, durante el Concilio Vaticano II. María es, por último, Madre espiritual de toda la humanidad, porque en la cruz Jesús dio su sangre por todos, y desde la cruz a todos encomendó a sus cuidados maternos” (La maternidad y virginidad de María, Jornada mundial de la paz 2007).

En San Marcos vemos cómo los creyentes somos la madre, hermanos y hermanas de Jesús, porque la fe en Jesucristo es la que constituye la familia o el Pueblo de Dios; argumento que me da pie para afirmar que yo, como Iglesia, aprendo de María mi propia maternidad, reconociendo la dimensión materna de mi vocación. San Lucas habla de la presencia de la Madre de Jesús en el seno de la primera comunidad de Jerusalén (cf. Hch 1,14) subrayando su función materna con respecto a la Iglesia naciente, primero esperando la venida del Espíritu y después viviendo el fuego de Pentecostés; y nos hace verla en el centro del grupo, como el corazón que llena de calor a esa primera comunidad cristiana. Así, la dimensión materna se convierte en elemento fundamental de la relación de María con respecto al nuevo pueblo de los redimidos y su maternidad es un don que Cristo hace a cada persona.

Ciertamente la dimensión mariana de mi vida la manifiesto en mi entrega filial a la Madre de Dios y dado que la vida contemplativa es prolongación de la maternidad que la Virgen ejerce sobre el pueblo cristiano, por lo que el Papa Francisco afirma “María es la Madre de la Iglesia evangelizadora y sin ella no terminamos de comprender el espíritu de la Nueva evangelizacion” (Evangelii Gaudium, 284), nuestra vida, como la de ella, es evangelizadora a través de la oración por el pueblo de Dios. 

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