Por: Nora Baldoni.

Soy Nora, argentina, casada, madre de cinco hijos (cuatro de ellos ya casados), abuela de nueve maravillosos nietos (cuatro mujeres y cinco varones) y desde hace veinte años, por trabajo de mi esposo, estoy residiendo en Santiago de Chile.

En mi país, desde 1987 formé parte de una Comunidad parroquial, María de Caná, dónde después de formarme como Catequista, ofrecí brindar mi servicio como tal, para niños primero, luego para padres y más tarde el padre Daniel me ofreció ser la Coordinadora de los grupos de padres y niños.

Formaba parte también allí, de un grupo de evangelización “Ven y Sígueme”, donde me ofrecieron servir en el ministerio de Intercesión, que consistía en rezar por cada una de las personas que vivían cada Retiro Espiritual que se daba. Fue una experiencia que me llenó el alma y donde aprendí a salir de mi para pedir por otros y sus necesidades. Formé también parte de otro grupo en la misma parroquia. Era uno de oración en el Espíritu Santo, en el cual aprendí a poner mi vida en manos de Dios y a dejarme guiar por Él, a llevar una vida sencilla y de plenitud. Fue en este tiempo que descubrí que el Señor me llamaba realmente a servir y llevar su Palabra a los demás, viviesen donde viviesen. Me sentía feliz y siguiendo el camino correcto.

Antes de radicarme en Chile, viví cuatro años en Lima, Perú y un año y medio en Caracas, Venezuela. En cada ciudad que residí, continúe colaborando y ofreciéndome en las comunidades parroquiales más cercanas a mi domicilio. Fui así, adaptándome a las diferentes culturas, estilos de sociedad y modos de vivir la fe y la religiosidad. Fue una experiencia muy enriquecedora que me ayudó a abrir mi corazón y mi mente a la vez que incorporaba diferentes miradas y estilos de vida de la fe. No fue fácil al principio, pero no por ello, imposible. Con el Señor y su compañía, las cosas dejan su enseñanza y aprendizaje.

Challenges en tiempos de pandemia

Sin darme cuenta, pasaron los años y fui llenando mis días de actividades parroquiales, de diferentes formaciones, que si bien me hicieron sentir en armonía con mi llamado interior de servir y entregarme a los demás, como lo pide Jesús, no pude percatarme que estaba actuando como Marta y que me faltaba y necesitaba ser más como María de Betania.

Unos dos años antes de que comenzara la pandemia de Covid-19, deseaba ir haciendo ese cambio de mi hiperactividad, por momentos más de más quietud y de interioridad con Jesús. Sentía que necesitaba un cambio urgente. Había perdido el contacto diario personal de lectura y reflexión de la Palabra, aunque al catequizar estaba en su presencia y daba mi testimonio a los grupos catequizados, no era suficiente, necesitaba más quietud.

Cuando en abril del 2020 nos confinaron a vivir en cuarentena fue donde ese cambio llegó.

Al tener que poner en modo pausa la actividad de modo presencial, fue donde pude reencontrarme nuevamente cara a cara con Jesús, con María, a ponerme en su Presencia, recogerme interiormente y a necesitar la oración como fuerza para sobrellevar los temores, incertidumbres que la pandemia me presentaba así como también a entregarlos a los pies de su Cruz.

Fue en octubre del 2020 que me inscribí para vivir el Challenge de Tierra Santa, por una amiga catequista que me habló de esta oportunidad que ofrecía la Diócesis de La Rioja, a través de la Pastoral Juvenil de la misma. Sin entender mucho de que se trataba, cómo se hacía, me sentí inspirada a vivirlo pues había viajado a las tierras de Jesús dos años antes y sentía deseos de volver a recorrerlas por el aprendizaje y experiencia que había dejado en mi corazón y en mi vida diaria, el Quinto Evangelio. Fue un viaje de ida. Desde ese momento me enamoré del estilo de vida challenge y me hice su fan y colaboradora.

¿Qué me permitió descubrir al vivir en estilo challenge?

Las razones que descubrí fueron:

Contactarme con personas de diversos países; aprender a conectarme vía Zoom; abrir mi corazón contando lo que el recorrido despertaba en mí; el poder ayudar con un aporte voluntario a instituciones que lo necesitaban (vivir la solidaridad); ir conociendo poco a poco a los integrantes del Equipo del Challenge, a los que llamo Los Fabulosos; me ayudó a descubrir que se podía servir a Dios y a los otros desde otro espacio y me hizo ver que podía ir soltando tanta actividad parroquial que me consumía físicamente, para ofrecer mi estar con Jesús y el otro, de un modo nuevo.

El proceso continuó luego en el de Auschwitz Challenge y fue otro maravilloso momento.

Etty Hillesum

¿Qué me aportó este desafío? conocer a Etty Hillesum. Me impactó esta mujer atea, judía, con estancamiento existencial, su búsqueda interior, el encontrar al Dios que la habitaba, sus reflexiones y la libertad con la que vivió y enfrentó los duros momentos de la época de Hitler para llegar a decir que desea ser “pan partido y bálsamo para los demás”.

Muchos momentos y pensamientos de Etty resonaron en mí y me conectaron con momentos de mi vida. Hoy continúo conociendo más a esta mujer que me impactó y me enamoró y acompañando a peregrinas de este challenge.

Siguió luego el challenge de San Francisco que me conectó a seguir cambiando interiormente desde su estilo de vida con austeridad, amor por la Creación, liviano de equipaje, de entrega a Cristo. Me enseñó a tomar más conciencia de la importancia del cuidado de la Casa Común y a pesar de que reciclaba clasificando, sumé el inscribirme en una organización Elige Verde donde entrego todo lo orgánico una vez a la semana para que luego ellos me entreguen compost para las plantas de mi pequeño jardín.

Otros challenges que me acompañaron en esta pandemia, y dejaron una huella importante para mi vida cotidiana fueron: Biblical, Cuaresma, Lourdes, Santuarios Marianos, y ahora comenzando a transitar el San Ignacio Challenge.

Agradecida, muy agradecida, pues encontré en ellos el poder estar con mi Señor, ser como María de Betania y descubrir que al haber vivido la experiencia en los dos modos, encuentro el equilibrio y puedo ser Marta o María según lo necesite cada momento y ocasión.