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En esta vida, los cristianos tenemos una misión (o misiones) que cumplir. No olvidemos que Dios tiene reservada una misión especial para cada uno de nosotros. Unas veces esa misión la descubrimos cuando sentimos la llamada de la vocación sacerdotal o la consagración a la vida monástica, otras veces, descubrimos que estamos llamados a la vida conyugal,… En cualquier caso, estamos ante tareas muy importantes no exentas de responsabilidades que nos permitirán crecer en todos los niveles: como esposos, como cristianos y como seres humanos.
El mensaje que Dios tiene para nosotros no puede ser más claro: la salvación del hombre a través del amor. Dios nos invita a ser felices, a buscar la felicidad en las pequeñas cosas, a amar como Él nos ama y a dejarnos amar, a disfrutar de la vida como un don preciado que Él nos ha entregado y a verter su palabra verdadera en los corazones más necesitados de su infinita misericordia. Una invitación, la suya, que difícilmente podemos rechazar.
Descubrir a Dios en cada llamada es despertar en nosotros un deseo ardiente de crecer en la fe cristiana, de entregarnos a cumplir su voluntad como fieles servidores y discípulos suyos. Para ello, nos invita a participar en la vida de la Iglesia, a descubrir a esa otra familia que, al igual que nosotros, comparte filiación y amor paternal. Nos invita a ser una unidad indisoluble mediante el sacramento del matrimonio o de la vida en comunidad cristiana. Nos invita a rezar, a invocar su santo nombre, a encontrarnos con Él en un diálogo personal convertido en oración en que tienen cabida el perdón, la alabanza, las súplicas, ruegos y peticiones y el agradecimiento por cuanto de Él recibimos. Nos invita a ser partícipes de la transformación y de los cambios de este mundo, a contribuir a restablecer su primitivo orden, tal y como por Él fue concebido.

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Dios nos llama de manera constante a lo largo de nuestra vida, se hace presente cada día con pequeños gestos de su infinito amor. Es ahí donde da cumplida muestra de su inmenso poder. Dios no se manifiesta a través de grandes milagros, Dios se manifiesta en nosotros de la forma más sencilla y humilde posible.
Dios nos llama, sí, pero… ¿por qué a veces nos empeñamos en no querer atender su llamada como si de un comercial de telefonía o de seguros se tratase?, ¿acaso sentimos cierto temor? Y, de ser así, ¿temor a qué? ¡No tengamos miedo y escuchemos su llamada!, ¡no tenemos nada que perder y mucho que ganar!

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