El mensaje de Juan el Bautista en la sociedad cristiana actual

por | Jun 20, 2022

Hablar de la figura de San Juan Bautista no es hablar de un hombre cualquiera. Es hablar de un ser humano excepcional que supo dejar huella y ser un referente a la hora de comprender el sentido y el porqué de la palabra de Dios que nos sería revelada a través de su hijo Jesús. Basta con darnos cuenta de su grandiosidad, fruto de la semilla de fe, cuyo espíritu fue derramado en el vientre de su madre Isabel, la esposa de Zacarías, la prima de nuestra madre María, a quien llamaban la estéril. La historia le recuerda como hombre honesto, humilde, cuya misión no fue otra que la de llevar a cabo un bautismo de conversión en las tierras desérticas de Israel, anunciando la venida del Salvador que nos libraría de todos los pecados.

San Juan fue plenamente consciente de que había sido elegido por Dios. Así lo reflejaba el evangelista Lucas: «El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel» (Lc 1,80). Toda su niñez y juventud estuvo marcada por la conciencia de su misión: dar testimonio; y lo hace bautizando a Cristo en el Jordán, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto y, al final de sus días, derramando su sangre en favor de la verdad. Con nuestro conocimiento de Juan, podemos responder a la pregunta de sus contemporáneos: «¿Qué será este niño?» (Lc 1,66).

amor dios

No cabe duda que este mundo en el que vivimos precisa de un bautismo de conversión, de un faro que lo guíe por la senda de la verdad, de la justicia, la equidad, la honradez y la solidaridad entre las naciones. Sin una profunda transformación que permita alejar el odio y el rencor de la faz de la tierra es imposible la convivencia armoniosa en la sociedad actual. Vivir en sociedad implica llevar a la práctica el concepto de sinodalidad, es decir, pasar del yo al nosotros, del individualismo y el egocentrismo más absoluto a la colectividad y la integración. Y para conseguirlo y alcanzar con ello un bien común basta con sumar y olvidarnos de dividir y restar. Tan sencillo como eso.

En ocasiones, los cristianos deberíamos preguntarnos qué hacemos realmente para dar a conocer a Jesucristo a cada hermano, en cada situación, en cada necesidad. Deberíamos preguntarnos si somos conscientes de que nuestra misión, como la de Juan, es la de facilitar a los demás el encuentro con Jesús o, por el contrario, damos una impresión de predicarnos a nosotros mismos. ¿Realmente somos capaces de adoptar una actitud valiente y decidida o preferimos echarnos atrás dejándolo todo para otro momento más propicio y menos comprometido? ¿Cómo ponemos en práctica la misión que nos ha sido confiada? Tomando como referencia el deseo de nuestro querido Papa Francisco, seamos iglesia en salida, mensajeros y misioneros evangelizadores por todos los rincones y en todos los ámbitos. Hagamos realidad lo que de manera coloquial él mismo vino a pedir a los jóvenes en las Jornadas Mundiales de la Juventud de Río del 2013, esto es, que haya “lío” en las Diócesis.

Son muchas las enseñanzas de nuestro querido hermano Juan. Cabría destacar el hecho de saber cuál es el sitio que a cada uno nos corresponde en cada momento. Pudiendo haberse autoproclamado “mesías”, supo muy bien que ese título no le correspondía pues estaba destinado a alguien que habría de venir. Con sencillez lo reconoció al decir: “No soy lo que vosotros pensáis, pero después de mí viene otro de quien no soy digno de desatar la sandalia de los pies”. O cuando, al final de su misión, desapareció sin hacer ruido porque “convenía que Jesucristo creciera y él menguara”. ¡Qué hermosa enseñanza…!

El martirio sufrido por Juan el Bautista nos conduce a pensar en los mártires de nuestro siglo, hombres, mujeres, niños y niñas que son perseguidos, odiados, torturados, etc… Seres humanos que se ven sometidos por el yugo impuesto por gente carente de escrúpulos y que viven alejados de Jesucristo y del amor de Dios. ¡Poco o nada ha cambiado en el mundo desde entonces…!

En un mundo de desigualdades e injusticias tan frágil en el que vivimos, para los cristianos la figura del Bautista representa la tabla de salvación de una sociedad, la actual, que zozobra como barco a la deriva en un mar de tempestades. La figura de Juan emerge en nuestros corazones como mano amiga que nos conduce por el camino de la verdad hasta Jesucristo para, una vez unidos a Jesús, ser invitados a alcanzar el Reino de los Cielos donde Dios padre aguarda a todos y cada uno de nosotros.

Sintámonos, pues, tocados por la gracia del profeta divino y construyamos una vida de auténtico y diario testimonio fraternal de amor cristiano. Dejémonos guiar, para ello, por todas y cada una de sus enseñanzas:

  • Cumplamos la misión que nos fue encomendada al bautizarnos: seamos testigos de Dios y caminemos confiados en la verdad de su palabra, haciendo que su mensaje llegue a todos los rincones mediante nuestra palabra y nuestro modo de vida. Seamos, en definitiva, piedras vivas de la Iglesia, siguiendo el ejemplo del Papa Juan Pablo II.
  • Reconozcamos a Jesucristo como el ser más importante en nuestras vidas, templo de amor, fe y verdad.
  • Reconozcámonos pecadores y expresemos nuestro arrepentimiento y nuestro deseo de cambiar nuestro modo de vida a través del sacramento de la confesión y recibiendo el cuerpo de Cristo en la Eucaristía.
amor dios

Para finalizar, tomando como referencia el ejemplo de Juan el Bautista, evaluemos nuestro comportamiento como cristianos respondiendo a las siguientes preguntas:

  • ¿Realmente la figura de Juan el Bautista y su testimonio están presentes en nuestro día a día, en nuestro caminar?
  • ¿Nos acercamos a Jesús y, por extensión, a Dios, en la forma en la que San Juan nos enseña?, ¿lo aceptamos como nuestro guía espiritual aceptando como verdadero su mensaje y con el firme propósito de compartir su palabra con los demás?
  • ¿En qué medida y con qué frecuencia nos sentimos y reconocemos pecadores ante Dios?, ¿nos rebajamos ante Él a la hora de asumir nuestras faltas dispuestos a transformar nuestros corazones y nuestras vidas o nos dejamos llevar por el orgullo y la vanidad rechazando su amor y su misericordia y desviándonos del camino de la fe y la verdad?

Reflexionemos unos instantes sobre estas cuestiones y, con el alma limpia de todo pecado, salgamos a proclamar la grandeza del Señor haciendo como San Juan un llamamiento a la conversión de los cristianos. Sigamos su ejemplo para invitar a la sociedad a un bautismo de amor, de humildad y misericordia que contribuya a una profunda transformación de este mundo. Todo ello movidos por la fuerza del Espíritu Santo y la alegría de ser y sentirnos hijos de Dios.

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