Asentados sobre Jesucristo: pensamientos de los Salmos 122, 123 y 124

por | Jun 27, 2022

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Dice San Ambrosio que “toda la Sagrada Escritura está impregnada de la gracia divina, y el libro de los salmos posee, con todo, una especial dulzura”. Por ello quería compartir unos pensamientos sobre tres de ellos.

El Salmo 122 recoge todo un aspecto de la experiencia cotidiana: “A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo”. Eso es la oración. Pero indica toda una ascesis -a Ti levanto-, levantarse, no en la inercia, “levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo” que estás más allá de las cosas. Hace una comparación “como los esclavos están fijos en las manos de sus señores, como la esclava está fija en las manos de su señora”. Hoy, pues, levantamos nuestros ojos.

Las cosas se superan levantándose siempre, se resuelven por lo alto. Levantamos los ojos a la Trinidad, fuente de la gracia y de los dones. La Santísima Trinidad es la fuente de toda vocación, es de donde ha salido el proyecto de toda vocación, pero no es una fuente que ha surgido de cualquier forma. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo intervienen en nuestras vidas. Como actitud primera la respuesta es “a ti”, es personal, no es una energía general sino “a ti que habitas en el cielo”.

 

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Al Padre, por el amor gratuito del que somos objeto. Una vocación es un amor gratuito. Nos han pensado antes de existir y han pensado un proyecto. El Padre nos amó primero y lo único que hemos de hacer es reconocer que nos han amado primero. Por eso hemos de levantar el corazón hacia el Señor, Padre de todos nosotros, “el Dios de todo consuelo” como dice la carta a los Corintios. ¡Levántate! No mires hacia abajo.

También en el Hijo somos consagrados. Cristo es el consagrado principal, en quien somos consagrados, el mediador de todos, porque Él nos ha dirigido una mirada y en esa mirada descubrimos un amor eterno e infinito que, como decimos, ha llegado a las raíces. Ésa es la razón por la que nos entregamos a Dios, no por una renuncia, por una pérdida, sino porque somos objeto de un amor infinito y enorme por parte del Hijo.

Y el Espíritu Santo es lo que, sin darnos cuenta, nos empuja desde dentro a tomar decisiones incondicionales de la vida. Por eso nuestra respuesta a Dios no es una reflexión, es una experiencia de amor de que somos objeto y por eso entonces respondemos a Dios con una entrega incondicional. Ésta sería la primera actitud para nosotros: “a ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo”. El buen Dios, el buen Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Trinidad es nuestro origen y nuestro destino. Toda la Suma Teológica de Santo Tomás dice que nacemos de la Trinidad y volvemos a la Trinidad y que ése es nuestro hogar.

La segunda disposición de esta meditación es la confianza. “No temas, yo estoy contigo”. Lo dice el salmo 123 de algún modo. “Si Dios no hubiese estado de nuestra parte” durante todos nuestros años hubiésemos seguido otro camino.

Demos gracias a Dios porque ha estado grande con nosotros. El salmo dice “nuestro auxilio es el nombre del Señor”. Tomamos decisiones que no son decisiones nuestras. Son opciones de Dios y respondemos a su opción. Él ha optado por nosotros y le hemos respondido.

 

Asentados sobre Jesucristo

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El Señor dice “Yo estoy contigo” en medio de tus nervios, en medio de toda la solemnidad de la vida. “No temas, yo estoy contigo” es una frase con la que se dirige a Moisés, Josué y fundamentalmente al Hijo de Dios. Pero también a San Pablo. El Señor es nuestro auxilio, es nuestro escudo y vamos de baluarte en baluarte. Ésta sería la segunda vivencia: Dios está con nosotros, nos acompaña, no hemos de preocuparnos. Habrá altibajos, recovecos. Miremos al Señor siempre pues Él está con nosotros.

Si la primera disposición es “a ti levanto mis ojos” (del salmo 122), la segunda es “no temas, yo estoy contigo” (del salmo 123). El Señor ha estado desde siempre: nos conoce, sabe nuestro nombre, nos ha nombrado en el seno materno, sabe cómo nos  llamamos, conoce a nuestros padres. Dios nos conoce hasta el fondo y ha pronunciado nuestro nombre. La segunda actitud es cuando Dios nos nombra, nos da una misión, nos da la vocación para una misión.

Y la última actitud, la tercera disposición, es la experiencia hacia adelante (del salmo 124), meditando que “los que confían en el Señor no tiemblan y están asentados como el monte Sión”. Ése es el futuro: estar asentados sobre Cristo. Simplemente es ahí donde permanecemos: asentados sobre Jesucristo y con Él, en Él y por Él levantamos nuestros ojos hacia las cosas de arriba y no tememos a las cosas de abajo porque Dios está con nosotros.

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