Autora: Sor Alicia Correa OAR. 

Quisiera comenzar encabezando esta sentida y profunda reflexión con dos palabras dedicadas a la figura de San Agustín: Amor y Ciencia, como lenguaje que brota del corazón en forma de saludo y signo que debería caracterizar a todos los que seguimos este amado carisma; esa forma de vivir que él ha abierto como una brecha en la Iglesia. Un carisma definido por el amor, un amor no efímero y a ras de suelo, sino un amor que vive en tensión siempre dirigido hacia algo más alto y sublime. Un amor sano e inquieto que apunta hacia la búsqueda del conocimiento y la Verdad, la única que nos hace libres.

Continúo dando las gracias por la oportunidad de conocer un poco más, de escrutar, estudiar, bucear y profundizar para ir descubriendo aspectos desconocidos de su vida y de la mía, a medida que he ido rastreando cada uno de los libros de sus Confesiones. Gracias porque a través de ellas he ido comprendiendo, tejiendo, completando y encajando muchas cosas que hace tiempo quedaron pendientes como flecos deshilachados en un tímido asomo al leerlas.

Ha sido una gozada acercarme y bajar como de puntillas hasta el fondo para conocer su persona en sus dos vertientes, humana y divina. He descubierto que en su vida, como en la de cualquiera de nosotros, se conjugan al mismo tiempo la pobreza y la miseria que degenera hasta tocar fondo en el mismo ser humano cuando vive alejado de Dios y cómo a partir de ahí utiliza lo peor de uno mismo para ser capaz de poner el sello de su divinidad cuando te dejas abrazar por Él, así como eres, así como estás. Reconocer tu pobreza es el punto de apoyo para que Dios te levante. San Agustín me ha enseñado que Dios nos hace bellos y ricos cuando nos abandonamos en sus manos y nos sentimos pertenencia suya.

San Agustin 2

Imagen de Paul Brennan en Pixabay

Poder adentrarme en las Confesiones me ha ayudado a comprobar que todo ser humano puede aspirar a la santidad de vida aún desde su condición débil como dice el Papa Francisco en Evangelii Gaudium: “aprender a aceptar nuestra debilidad con intensa ternura”.  Sé por ello que la historia de la salvación se sigue dando aquí y ahora. Me hago eco del Papa Francisco en Patris Corde 2:

“Muchas veces pensamos que Dios se basa sólo en la parte buena y vencedora de nosotros cuando, en realidad, la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad”.

A pesar de la diferencia cronológica que existe entre Agustín y nosotros, creo que su espíritu sigue latente hoy. Es el santo que vivió y pasó todo por su corazón, el humano que invita a hacer nuestras sus propias vivencias, a adaptarlas a la situación social, religiosa o existencial de nuestro hoy concreto. Creo que sus Confesiones son un espejo en el cual podemos mirarnos cada uno de nosotros sin distinción alguna.

Puede parecer un poco imaginario, pero quiero decir que las Confesiones han supuesto para mí encarnar lo que experimentó Moisés ante la zarza ardiendo. A medida que iba leyendo, acercándome y adentrándome en ellas con sigilo, el corazón se iba caldeando. Entonces no tenía más remedio que “descalzarme” espiritualmente porque el terreno que estaba pisando era demasiado grande para mí, porque lo que estaba viviendo se me escapaba de las manos.

Analizando el proceso de cambio que Dios iba haciendo en él, para mí, era sagrado (Ex 3,5). Me quedaba sin palabras, sobrecogida. Al mismo tiempo coincidían respeto y capacidad de asombro, con un poso en el corazón que me abría a la paz y al deseo cada vez más vehemente de Dios. Ante la grandiosidad y profundidad de esta obra, percibía la maravillosa acción de Dios que me cautivó la forma en que lo cuenta, como una autobiografía, el cómo lo vive, como una plegaria en diálogo con Dios, con qué humildad escribe y el confesar que es al comienzo alabar a Dios y después declarar abiertamente su amor:

“Grande eres, Señor, y muy digno de alabanza; grande es tu poder y tu sabiduría no tiene límites” (1, 1,1,).

Después de leer las Confesiones, puedo tener esperanza en el amor de Dios porque a medida que iba avanzando en la lectura de los libros mi receptividad iba en aumento, mi alma era como una esponja deseando saber más, conocer más. Se iba abriendo en mi interior una nueva ilusión y ganas de saber para buscar y comprender, como si fuera buscando en un pozo sin fondo donde descubres nuevas maravillas y además inagotables. O como cuando abres una ventana y ves en lontananza un horizonte bello y lleno de luz.

Lo que más me ha llamado la atención en toda la obra es esa gradual conversión hacia Dios que va haciendo, huyendo de Él en definitiva, pero, al mismo tiempo, dando cabida a los toques de la gracia. Primero con la lectura de Cicerón, después el encuentro con Ambrosio y finalmente cuando se topa de lleno con el texto de Romanos 13, 13-14, que le deja tumbado por completo. Él venció en la lucha, en el encuentro, convirtiéndose en salvación y luz clarísima. Con razón dijo:

“No quise leer más, ni era menester, porque al terminar de leer, una luz segurísima penetró en mi corazón disipando de golpe las tinieblas” (8, 12,29).

Me ha enseñado a asumir batallas y errores, luchar, buscar y gozar con las alegrías y triunfos. A través de su propia vida me ha ayudado a seguir despertando mis ojos interiores para conocerme más a fondo. A amarme y aceptarme en mis propias debilidades y a aprender a tener un corazón inquieto y siempre en búsqueda de ese algo más al que debe aspirar todo ser humano, como meta de superación en lo que es y hace.

Se ha abierto en mí un enorme respeto por la obra que Dios va haciendo en cada persona, descubriendo cómo nos busca sin aún saberlo y el modo de trabajarnos. Los que leemos las Confesiones desde el otro lado observamos que Dios le amaba desde siempre, más que su propia madre, sin él creerlo, sin él conocerlo hasta el final. ¡Cómo debemos entonces respetar la acción de Dios en los demás! Ese prójimo que también es amado por Dios y puede ser que no lo sepa y se encuentre perdido. Debemos reconocer que todos tenemos una Madre que cuida de nosotros, que se preocupa y quiere que no erremos el camino. Esa madre, como la suya, Mónica, es para nosotros la Iglesia.

 

San Agustin 4

Imagen de JASONGR en Pixabay

Veo en las Confesiones una historia de amor entre Dios y él, un diálogo amoroso en el que él reconoce, confiesa sin temor y alaba su misericordia. Dios le sigue llamando a través de signos, de personas, de circunstancias. Ambos viven en intensa búsqueda el uno del otro. Me admira la forma en que San Agustín busca a Dios porque descubre, no sin tropiezos y equivocaciones, que Él está dentro de su corazón cuando le buscaba fuera. Ahí se abre un panorama inmenso porque nos enseña a que debemos descubrir también nosotros que la riqueza del hombre sólo tiene sentido desde su propio interior, allí donde habita Dios, donde uno se encuentra consigo mismo, cara a cara con su propia realidad.

Conocer más a fondo las Confesiones del obispo de Hipona ha sido comparar su vida a la contemplación de un amanecer, ¡sí! Había recibido siempre la semilla de la fe que estaba oculta en su interior, allá en lo profundo. Y tan dentro estaba que la cubrían la oscuridad y las tinieblas cuando decía “tú me dejabas todavía volverme y revolverme en la oscuridad” (3, 11,20). Pero, poco a poco, fue surgiendo, emergiendo a través de mil historias y avatares en el camino hasta ir amaneciendo y posicionándose esa luz que lo ilumina todo. Y aun habiéndola encontrado, tuvo la valentía de seguir viviendo en ella para ya solamente en alabanza confesar no tanto sus errores, sino dando prioridad a la grandeza de Dios en el perdón de ellos.

¡Qué bueno descubrirnos hacia dentro (también en nuestras dos vertientes pobreza y grandeza), aunque por fuera y por fuerza vivamos ocupados! Gracias, santo padre de la Iglesia Católica, porque nos enseñas a vivir de lo importante y de lo que tiene realmente valor.

Por último, debo decir también que San Agustín me ha ayudado a acrecentar mi amor y admiración por su persona. No pierdo la esperanza de poder ser como él en el empeño de la búsqueda de la Verdad que es Dios en las cosas, en las personas, en lo que me rodea. He aprendido a no asustarme cuando sé y me siento pecadora y arrojada en la región de la desemejanza porque poco a poco voy descubriendo la riqueza que hay en mi interior. Albergo la posibilidad de que vaya amaneciendo también en mis adentros esa continua búsqueda para acabar asombrada y alabando al Dios de la Vida, al que libera y salva de todo mal y nos salva de nuestras propias tinieblas cuando se le busca con sincero corazón y se le encuentra.

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La experiencia de la vida dice que las lágrimas son expresión corporal de tristeza o de alegría. Y en las Confesiones juegan un papel importante tanto en Mónica como en Agustín. ¡Cómo se relacionan! Lágrimas de arrepentimiento y de gozo, de alegría y esperanza. No hay Agustín sin Mónica, como no hay Jesús sin María. A través de la figura de San Agustín he podido conocer a su madre de la que quiero aprender sus virtudes. Quiero ser sobria y piadosa como ella, acogiendo el don de la esperanza en medio de las vicisitudes del camino. Quiero ser mujer recia, pero también emotiva, con corazón de madre que se preocupa de sus hijos espirituales para que no yerren el camino. Mujer insistente para tocar las puertas de Dios con mis lágrimas de arrepentimiento, petición y alegría cuando sienta que Él escucha mis súplicas en favor de los demás.

Que mis lágrimas, como las de Mónica, derriben los muros que impiden el acercamiento a Dios por la soberbia del hombre. Que San Agustín me conceda lágrimas para aprender de ellas a amar a Dios como él lo amó, a no postergar las llamadas que Dios hace en el camino. Deseo lágrimas que expresen conversión de vida, lágrimas que limpien la suciedad de mis ojos cuando no quieran ver más que mi horizonte obtuso, lágrimas que sean una oblación agradable.

Y ahora frente al Dios perdido y encontrado puedo decir:

“Gracias, dulzura mía, mi honor y mi confianza, mi Dios, por tus dones. Te ruego que me los conserves. Así me guardarás a mí y todo cuanto me diste se verá en mí aumentado y llevado a la perfección. Y yo estaré contigo que me diste la existencia” (1, 20,31).

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