Imagen de Steve Buissinne en Pixabay

 Autora: Marly Saravia. 

Cuando te cambias a vivir a otro país una de las cosas que más influyen para tu inserción en la nueva sociedad en la que estarás viviendo es el idioma. Si el idioma es igual al tuyo es muy fácil, pero si tienes alguna idea del idioma pero no lo conoces al cien por cien, entonces se te complica un poco. Y si es como en mi caso que no conoces nada del idioma del lugar donde vas a vivir, realmente es un proceso muy complicado.

He tenido la bendición de que al venir a este hermoso país, Canadá, el gobierno te regala un curso gratuito de año y medio a tiempo completo para aprender el idioma. Esto realmente es una ventaja, pero no lo es todo. Salí de clases creyendo que ya era una bilingüe pero al tratar de hablar con mis vecinos me di cuenta que no era así. Me faltaba práctica pues había aprendido toda la teoría, todas las reglas de gramática, pero no tenía la experiencia, hablaba muy lento y mi pronunciación no era la adecuada.

Vi que existía un programa en la biblioteca que se llamaba “Hablemos tomando un café” que consistía en una hora de conversación con una persona que hablaba el idioma que tú quisieras practicar a cambio de que tú hablaras en tu idioma. El primer día me encontré con una señora de más de 80 años muy amable la cual había estado viviendo por unos meses en mi país de origen, Guatemala, por lo que ella sabía más español que yo francés. Al llegar el invierno me pidió el favor de hacer nuestra conversación semanal en su casa porque le costaba mucho llegar a la biblioteca y desde ese momento hasta ahora hemos estado haciendo lo mismo durante más de un año.

Ella se compró un teléfono inteligente por primera vez en su vida y estaba muy emocionada. Pero el día que llegué a nuestra conversación semanal ella estaba muy angustiada porque no sabía cómo se respondían las llamadas, cómo se manejaba el volumen o cómo podía saber quién le hablaba. Además, oía ruidos a cada momento y no sabía de qué eran.

 

Acompañamiento en todas partes

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Decidí entonces enseñarle a usar una tecnología completamente desconocida para ella, pero más que enseñarle el uso era enseñarle el concepto de lo que era cada aplicación, empezando por explicarle lo que era una aplicación. Ella comenzó a sentirse inútil y a decirse a sí misma que nunca aprendería. Temblaba porque su vida cambió ya que se comunicaba a diario con sus amistades por el otro teléfono y ahora no sabía ni cómo hacerlo y ya llevaba una semana incomunicada.

Yo comencé a ir a su casa no una vez por semana si no dos o en ocasiones tres hasta que tuviera el concepto de todo, se sintiera bien y pudiera hacerlo todo ella sola. En este proceso de aprendizaje tuve la oportunidad de hablarle de lo importante que era tener confianza y decirle que ella podía hacer las cosas sin importar que tuviera más de 80 años.

En una de nuestras conversaciones más interesantes le comenté que no importando la tecnología que tengamos debemos sentirnos acompañados por Dios en todo momento y que aunque ella no pudiese comunicarse con nadie no estaría sola porque Él siempre estaría a su lado. Recordé una de las conversaciones del Challenge de Santuarios Marianos donde decía que si estás solo en casa debes pensar que la Virgen María está viviendo contigo y sentir que Ella está ahí. Cuando le dije eso, ella sonrió y aunque no es una mujer muy creyente me comentó días más tarde que después de hablarle de eso se había sentido acompañada y no solamente por uno si no por los dos (Jesús y María).

Poco a poco ha logrado tener más confianza en sí misma. Ya entiende mejor los conceptos y ya puede contestar llamadas, hasta se metió en un grupo de whatsapp. Aún le falta mucho por aprender pero ya está más dispuesta a hacerlo, ya no se siente incómoda y, sobre todo, ya no se siente tan sola. Y gracias a que tuve que explicarle todo en francés yo he logrado mejorar mi pronunciación y ya hablo un poquito más rápido.

Esta experiencia me ha hecho pensar que uno puede perfectamente dar acompañamientos sencillos y lograr llegar a las personas en diferentes lugares. Yo estoy segura de que tú, estimado lector, has hecho más de un acompañamiento posiblemente sin saber que estabas haciéndolo. Te invito a donar tu tiempo, especialmente a las personas de la tercera edad que están solas y que tanto lo necesitan. Acompañar no es difícil cuando tienes en tu mente lo que nos enseñó Jesús de “amar al prójimo como a ti mismo”.

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