Claves del matrimonio cristiano

por | Sep 12, 2022

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En el sacramento del matrimonio, prometemos fidelidad y amor en presencia de Dios, esto es, en lo bueno y en lo malo, en las alegrías y en las penas, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad todos los días de nuestra vida. Un compromiso sellado ante Dios, sí, pero, ¿qué lugar ocupa Dios en nuestra vida conyugal?, ¿qué espera de nosotros como esposos?, ¿lo amamos como Él nos ama?

Como fieles seguidores de su palabra estamos llamados a dejarnos guiar por Él y cumplir su voluntad. Y esa voluntad no es otra que el firme propósito de amar como Él nos ha amado y mirar a los demás con ojos misericordiosos. No olvidemos que Dios se hace presente en todas las etapas de nuestra vida cristiana: cuando somos bautizados, cuando recibimos a Jesús sacramentado, cuando practicamos la confesión, cuando confirmamos nuestra fe o cuando sentimos la llamada al orden sacerdotal o a la vida matrimonial. Se hace presente, sí, aunque no siempre seamos conscientes de su presencia y su cercanía. Los cambios en la sociedad, las nuevas formas de pensamiento, los nuevos modelos y ritmos de vida,… interfieren y fomentan este distanciamiento que daña nuestro corazón puesto que, en ocasiones, por así decirlo, Dios no entra en nuestros planes.

¡Qué difícil nos resulta a veces hallar a Dios en nuestro día a día, en las pequeñas cosas tales como una caricia, una sonrisa, una mirada de complicidad, de cariño, amor…! ¡Qué difícil concederle un momento para agradecer todo cuanto ha hecho y hace por nosotros desde nuestra concepción! ¡Qué difícil poner a Dios en medio de todo, de nuestras familias, nuestros matrimonios, nuestras amistades,…! ¡Qué difícil resulta amarlo cuando tenemos otras prioridades…!

Nadie nos enseñó a amar. Al menos, de la misma forma y con la misma intensidad con la que Dios nos ama. Para amar uno de los requisitos primordiales, como diría la querida Santa Ángela de la Cruz, es “no ser, no querer ser, pisotear nuestro yo, enterrarlo si posible fuera”, es decir, despojarnos de nosotros mismos y darnos a los demás. Pero, ¿realmente estamos dispuestos a ello? A lo largo de nuestra vida conyugal muchas son las veces en las que nos asalta la duda de si estamos amando en la forma y con la intensidad con la que Nuestro Padre celestial nos ama. Tal vez no hayamos comprendido el significado del sacramento del matrimonio y lo que ello implica y ello nos lleve a actuar erróneamente… ¡pero nunca es tarde para descubrirlo!

 

 

matrimonio cristiano

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Por todos es sabido que el matrimonio es un sacramento mediante el que se lleva a cabo la unión de dos personas y en el que Dios nos invita a ser un solo cuerpo. Pero existe algo muy importante para los cristianos y que en muchas ocasiones pasa desapercibido: la unión de hombre y mujer conlleva también una unión con Dios. ¡Cuánto nos cuesta en ocasiones ponerlo en medio de nuestro matrimonio aceptando su voluntad y dejándonos guiar por Él…!

Existen numerosas metodologías para analizar y reflexionar sobre el matrimonio cristiano. Quizás la más significativa y la única que aborda el matrimonio desde la raíz sea la catequesis de San Juan Pablo II. Durante cinco años el Santo Padre dedicó sus catequesis de las audiencias generales a profundizar en la teología del amor humano, la redención del cuerpo y la sacralidad del matrimonio. A través de ellas dio a conocer el plan que Dios tiene para nosotros desde la creación del hombre y la mujer y cuyo objetivo final no es otro que el de la santidad. Estas catequesis constituyen una clara invitación a los esposos a reconocer y respetar la dignidad del hombre, a ser una sola carne y a VIVIR poniendo a Dios en el centro de nuestra vida conyugal, entre otras muchas cosas.

Dios nos colmó de dones para ser compartidos con los demás. Es precisamente en el matrimonio donde estos dones adquieren un protagonismo especial. En la medida en que el hombre y la mujer sean capaces de compartirlos, aceptándose como diferentes pero, a la vez, complementarios y mirando con ojos limpios, encontrando el uno en el otro la ayuda adecuada, el regalo más preciado que Dios nos ha hecho para alcanzar el cielo, podremos decir que estamos ante un matrimonio auténticamente cristiano.

En ocasiones, anteponemos nuestras necesidades, objetivos y deseos personales a las necesidades de nuestro cónyuge. Es entonces cuando dejamos de ser un solo cuerpo y nos alejamos de todo cuanto nos une que es mucho y bello. La falta de afecto, respeto, humildad, empatía y asertividad así como los celos, soberbia, humillación a nuestro/a esposo/a, problemas de comunicación, constituyen otras conductas inadecuadas que interfieren y afectan negativamente a nuestra vida conyugal. Cuando se dan algunas de estas conductas, debemos actuar de inmediato y plantearnos qué hacer y cómo resolver de manera satisfactoria los conflictos que se generan y que tanto daño producen en la pareja.

En estos casos es necesario llevar a cabo un proceso de sanación y reconstrucción siguiendo el modelo de matrimonio que Dios concibió. El éxito o el fracaso de este proceso dependerá en gran medida de nuestra voluntad, así como de la dureza de nuestro corazón, de nuestra disposición a pedir perdón y a perdonar. Para ello, es imprescindible la presencia de Dios para dejar que sea Él quien sane nuestras heridas y nos devuelva a la senda del amor verdadero, ese camino de amor y de fe que nos conducirá al cielo.

claves del matrimonio cristiano 2

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Es fundamental que seamos capaces de conocer y analizar los motivos que ocasionan nuestros conflictos conyugales y aprender a ser resolutivos en estos casos priorizando y atendiendo a las necesidades de nuestro/a esposo/a, especialmente, en sus momentos de fragilidad y debilidad. Debemos aprender a renunciar a nosotros y a ceder el uno en beneficio del otro en un acto de generosidad y amor cuando las circunstancias así lo requieran. Sin olvidar nunca que Dios nos hizo a cada uno diferentes y es esa diferencia la que debemos aceptar por encima de todo porque nos complementa. Aceptar nuestras diferencias es un paso fundamental que nos permite avanzar y crecer como esposos.

Como cristianos estamos llamados a llevar una vida de cruz a imagen  semejanza de Jesús. Una vida no exenta de dificultades que afectan tanto a nuestra vida individual como de pareja. Si somos capaces de vivir una vida de amor, en permanente unión y abrazados a la cruz redentora de Cristo lograremos vencer todo aquello que se ponga en nuestro camino.

“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Efesios 6:11). Como matrimonios cristianos estamos llamados a permanecer en alerta constante para hacer frente al maligno y a sus planes de destrucción de esta sagrada institución, de la familia y, por extensión, de la sociedad. Porque en cada conflicto en el núcleo del matrimonio se manifiesta sembrando la semilla de mal, llenando de miradas turbias y sucias, abriendo heridas, poniendo obstáculos y creando muros infranqueables, sirviéndose para ello de toda clase de artimañas. Siempre con la finalidad de hacernos caer en el pecado y revestir de odio y maldad nuestros corazones lo que nos conduce a adoptar comportamientos y actitudes impropias de todo buen cristiano con el consiguiente deterioro de la relación con nuestro/a esposo/a. Digamos, por tanto, “sí” a Dios y renunciemos decididamente a Satanás y a sus tentaciones.

Finalmente, debemos confiar en el poder sanador de la oración. Invoquemos al Espíritu Santo y mantengamos un diálogo abierto con Dios con un corazón humilde con la confianza que da sabernos sus hijos en la tierra. Él nos escucha pacientemente con esa bondad digna del que todo lo puede y todo lo perdona. Practiquemos la oración conyugal, ese momento propicio en que los esposos nos presentamos como humildes y mansos corderos sedientos de amor, redención… y llenos de inmensa gratitud por todo cuanto de Él hemos recibido por intercesión de su hijo Jesús y de María.

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Los matrimonios cristianos debemos ser ejemplo de servicio y ayuda mutua y, al mismo tiempo, de entrega a los demás. Como esposos tenemos una misión muy importante que cumplir. Es por ello que debemos aprender a amar desde el amor de cruz, entregándonos a la voluntad de Dios. Él nos creó, nos conoce a la perfección y sabe qué es lo mejor para cada uno de nosotros en cada momento. Dejémonos seducir por su palabra y pongámosle en el centro de nuestras ocupaciones y preocupaciones, de nuestras oraciones, en el centro de nuestra vida conyugal. No nos desviemos ni un ápice de nuestro camino hacia la santidad y así, en esta santa trinidad de hombre, mujer y Dios, con la bendita intercesión de Jesús y de su madre, la Virgen María y colmados de la gracia del Espíritu Santo, hallaremos la ecuación de amor perfecta.

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